lunes, 21 de marzo de 2011

EL ARTE DE LA VIOLENCIA

JUAN ANTONIO VIZCAÍNO

Es marzo mes de Teatro, como septiembre lo es de regreso de las compañías a sus escenarios capitalinos. Marzo, como cumpleaños de la primavera es señal de comienzo. Con festivales de teatro festejaban al dios Dionisio en la Atenas de Pericles. Numerosos extranjeros acudían a estos festivales, pues eran también las fechas en que volvían a ponerse en funcionamiento las comunicaciones marítimas, interrumpidas, meses antes para evitar los furiosos rigores del Mediterráneo en invierno. Cuando el teatro resucitó en el corazón de las iglesias, más concretamente en sus altares mayores y púlpitos, también fue por primavera. Sincréticamente, las festividades primaverales han encontrado en el teatro su mejor aliado para celebrar a los dioses, por haberles concedido -un año más- el regreso de la vida. El teatro siempre ha sido la mejor fórmula que han encontrado los hombres para dirigirse a sus dioses, primero, en señal de agradecimiento, y más adelante como postulantes de respuestas.
En estos últimos meses de convulsa Historia hemos asistido al derrumbamiento de dos pilares simbólicos de nuestra civilización, y hasta nos hemos internado en las cuevas de Afganistán para comprobar cómo viven y resisten los nuevos pastores guerreros del Islam. El planeta, polarizado por la crispación de la violencia, pudo respirar en paz cuando se dio por acabada la guerra de “desalojo y saneamiento”, y los telediarios de todo el mundo, se valieron del teatro como señal irrefutable de que se había recuperado la normalidad y la convivencia en Afganistán, emitiendo escenas de una representación teatral celebrada en Kabul en las ruinas de un edificio público. (Algo sorprendente, pues los países islámicos no cuentan con el teatro en su cultura. La representación de personas está prohibida por el Corán.). El teatro exhibido como símbolo de la paz. Aunque su origen esté en la violencia y en el conflicto.
En tiempos de guerra va más público al teatro. El consuelo que ofrecen los sueños y visiones vivas del escenario, deviene un temporal antídoto contra el terror de las calles y el miedo que rezuman las ciudades. Con la psicosis de la guerra, lo primero que desaparece es la intimidad, el tesoro más preciado de nuestra existencia, fuente y diván de nuestros más altos consuelos. Durante la guerra civil española no sólo no se cerraron los teatros, sino que se desarrolló todo un movimiento de teatro popular y de urgencia, un teatro de trinchera, que consolaba a los combatientes, a la par que a los ciudadanos amenazados. En los teatros, los camerinos subterráneos de los artistas solían usarse de improvisado refugio ante los bombardeos. Algunos de ellos, incluso llegaron a morir en escena, como las hermanas gemelas Sánchez, del "Cabaret Caracol", un local anarquista, cercano a Cuatro Caminos.
No hace tantos años, en la primera guerra balcánica que fraccionó a la antigua Yugoslavia, pudimos contemplar, cómo el teatro era un lugar de culto en el Sarajevo asediado y combatido por los bombardeos. Peter Brook en su luminoso libro "El espacio vacío" rememora un episodio que vivió en la Hamburgo de posguerra, bombardeada y destruida por las bombas aliadas. En el sótano de un antiguo cabaret en ruinas, unos payasos habían colgado (en donde estuvo el escenario) una tela azul con estrellas cosidas de plata. Con sus coloristas trajes de lentejuelas y sus brillantes maquillajes, se dirigían a un coro de niños hambrientos que los contemplaban fascinados, olvidándose del hambre. Los payasos les hablaban de una cena fantástica, donde podrían comer de todo lo que quisieran. Los niños formulaban sus deseos en voz alta, y con un ruido de campanillas jaleaban todos en algarabía, la aparición del invisible filete o chocolate.
En tiempos de exilio, el teatro ofrece enormes consuelos. Las colonias de exiliados se emocionan al escuchar la palabra pública de sus vates patrios. El idioma distinto nos hace extranjeros. A los niños que nacen y se crían fuera de su país de origen, el teatro les ofrece un puente vivo con su lengua materna. La funcionalidad del idioma se ratifica en el ejercicio público. Representar, o contemplar teatro español en el exilio, es una forma de recuperar tu país perdido.
¿Qué tiene el teatro que tanto alimenta en los tiempos severos?
El teatro es la madre de todas las artes, reúne a sus vástagos en la gran cena, y luego los lleva a bailar borrachos a los campos fantásticos del sueño carnívoro. Todos reunidos, actores y público, como en un carnaval, en una romería, o en un estadio olímpico.
En tiempos de paz, los ejecutivos del tercer milenio consideran al teatro un viejo arte desfasado y prescindible, un lastre anciano innecesario para el espíritu deslumbrante de los tiempos presentes. La artesanía del lenguaje escénico irrita a la tiranía tecnológica. En alguna oficina de “decisiones importantes”, alguien convenció a los presentes de que el teatro estaba fuera de juego; que ya no tenía prestigio, que era sólo asunto de viejas parroquianas, y de confusos jóvenes alternativos.
Despreciar al teatro es hurtarle a la sociedad un arte esencial, y un pilar de civismo. En torno al teatro de un país se reafirma y se fija el idioma, la lengua, ese gran tesoro que tiene España difundido por todo el planeta, gracias a la emigración a Estados Unidos de los habitantes de sus antiguas colonias en América, desde donde se irradia este poderoso influjo lingüístico. La autoridad moral de la lengua la tienen los dramaturgos, su palabra está codificada para que se pueda decir en voz alta, en público, durante los próximos siglos. ¿Qué otros escritores pueden jactarse de que esto sea cierto en su oficio? Sólo los grandes poetas pueden compartir este raro privilegio. Por eso poesía y teatro son tan vulnerables y van de la mano tan unidos.
Sin embargo, con el desdén que suelen ser tratados nuestros dramaturgos en España, (y por tanto nuestro teatro al completo), en lugar de enorgullecernos de la potencia de nuestro patrimonio, consideramos al teatro fuera de circuito. La palabra viva del teatro no está entre los objetivos de promoción internacional del arte español, entre nuestros responsables políticos. Se prefieren las “performances”, las instalaciones, y el escándalo que éstas arrastran con su vacuidad insolvente. ¿No será que detrás de esta discriminación pública que sufre el teatro de la palabra, se encierra todo un avieso proyecto de cultura y arte mudo, sin ideas ni discurso crítico?
La violencia es la semilla de la tragedia, el origen de la representación. El debate moral público que ejercen los dramaturgos y todos sus cómplices de la escena es un juicio, una sentencia más o menos abierta para que dictamine finalmente el auditorio. No hay teatro si no hay conflicto, si no hay dos potencias enfrentadas. El teatro es reflejo de la vida y de los sueños del hombre. Aunque, en el momento que el teatro se representa es siempre una invitación a la reconciliación, como una especie de terapia colectiva para conjurar las peores preguntas y los más terribles fantasmas. El teatro no condena, sólo busca soluciones y siembra esperanzas. El teatro vivo (no el cortesano, adulador y fingido) siempre está en el límite del combate, buscando salidas, desesperadamente para repartirlas entre sus fieles y acólitos. Honremos -en lugar de ignorar o despreciar- al teatro, porque en ello anda en juego uno de nuestros mayores tesoros como pueblo y colectividad: el orgullo de ser público.

(Publicado en el diario La Razón el 27 de marzo de 2002).

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